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El mundo de Carlota: lo que nos enseñan los niños en la pandemia

domingo junio 7, 2020

Los jóvenes parecen más preparados para enfrentar el brote del coronavirus que los mayores. Podemos aprender algunas lecciones de ellos.

 

Por Jorge Ramos

El autor es periodista y colaborador regular de opinión de The New York Times.

La puerta del cuarto de Carlota está entreabierta y me asomo a ver qué está haciendo. Está sentada, con la espalda recta, en su escritorio blanco y en la pantalla de su laptop hay una docena de sus compañeros de escuela en una clase virtual. La maestra, desde su casa, está impartiendo la clase —creo que hablan de fracciones y decimales— y Carlota y sus amigos la siguen como si estuviera en persona.

Todo parece normal. Pero nada lo es.

Vivo en la misma casa que Carlota, una maravillosa, cariñosa y brillante niña de nueve años, hija de Chiquinquirá Delgado, mi pareja. Carlota me ha alegrado la vida desde que la conocí, apenas unos meses después de nacida, y no me puedo imaginar la casa sin ella. “Buenos días a todos”, grita desde su cuarto cuando se despierta, y su incansable energía —le encanta inventarse pasos de baile— y curiosidad hace más placenteros estos tediosos días de cuarentena.

Ella —al igual que aproximadamente la mitad de la humanidad está en algún tipo de aislamiento— lleva varias semanas encerrada en casa y hay momentos en que la tristeza y la frustración se notan. Como cuando se pregunta, con lágrimas rodando, si podremos hacer su fiesta de cumpleaños en mayo o cuando quiere reunirse con sus amigas y le cuesta entender por qué no las dejan venir a jugar. Lo más que logramos, el fin de semana pasado, fue un breve paseo en bicicleta con una de sus amigas. Ellas lo gozaron. Pero la despedida, sin tocarse, fue durísima.

Su generación —hay alrededor de 74 millones de menores de 17 años de edad en Estados Unidos— está mucho mejor preparada que la nuestra para enfrentar meses de encierro. Ellos se habían entrenado, sin proponérselo, para el distanciamiento social. Desde pequeños se comunican entre sí con aparatos que nunca existieron en mi infancia. Así que cuando les dijimos que no podían salir de casa, lo único que hicieron fue entrar en modo virtual.

Ante la adversidad por un virus que no coopera, Carlota ha recreado y acomodado su antiguo mundo en su recámara: sus juegos, sus amigos, su música y hasta su salón de clases. Cuando nos descuidamos, tiene tres pantallas prendidas: el televisor (generalmente con una película o una serie), su celular con una o dos amigas en FaceTime y su iPad, donde ha creado una nueva geografía digital que yo no podría navegar. Tiene suerte que el internet funciona bien en la zona de Miami donde vivimos. Si estuviéramos en Brownsville, en Texas, por ejemplo, la conexión sería mucho más difícil.

Carlota lleva semanas construyendo una casa imaginaria en Bloxburg (un juego de la plataforma de Roblox), haciendo videos con la música de Billie Eilish en la aplicación de TikTok —su cuenta es privada y solo sus amigas tienen acceso— y dibujando alucinantes obras de arte en Procreate. Ese enjambre cibernético es el centro de su nueva vida. Pero para ella y sus amigas casi todo es temporal y desechable. “That’ so 2019”, me dice, cuando le pregunto de aplicaciones y plataformas que ya no usa.

El virus, sin embargo, sigue ahí.

Carlota tiene nuevos miedos. Sus tranquilas y predecibles noches, que incluían siempre 20 minutos de lectura, han dado paso a horarios casi de adolescente. Ruidos que antes pasaban desapercibidos ahora la despiertan. Ella enfrenta sus recientes temores con un muñeco de peluche distinto cada noche. Se sabe de memoria los nombres de cada uno y el lugar donde lo adquirió. El ritual para elegirlo es digno de un programa de reality, con ganadores y perdedores.

Como familia nos hemos impuesto horas fijas de comida, sin aparatos electrónicos, y tratamos de no hablar de enfermedades cuando está presente. Pero contestamos sus preguntas y no evitamos el tema. El virus nos persigue —en las manijas de las puertas, en los paquetes que no dejan de llegar, en las conversaciones telefónicas, en las nuevas reglas— y nos quita el sueño a todos.

Es poco probable que Carlota regrese a la escuela para terminar el cuarto grado. Oigo que le quieren robar un par de semanas académicas al verano. Ojalá. Pero habrá que ser muy creativos para educar a los niños durante el coronavirus porque todo indica que no tendremos vacuna hasta 2021, si nos va bien.

Es casi seguro que la lista de amigos favoritos en el celular de Carlota es más grande que la mía. Pero ahora no puede acercarse y jugar con sus compañeros como yo hice con los míos cuando tenía su edad.

Ahora lo normal ha sido reemplazado por la tragedia. Acabo de recibir una foto del hospital que construyeron dos niñas con almohadas y muñecas.

Los niños de la pandemia de 2020 tienen mucho que enseñarnos. Se adaptan rápido ante nuevas circunstancias e inmediatamente googlean una solución a sus problemas. Es probablemente la primera generación que maneja la tecnología mejor que la que le precedió. Y quiero creer que si ellos nos gobernaran no habrían perdido semanas, como nosotros, para enfrentar al coronavirus. Espero que ellos pongan la ciencia y la salud por encima de los prejuicios y los intereses políticos.

Carlota, sin saberlo, ya es una sobreviviente y está mejor preparada que yo para enfrentar esta crisis. Envidio sus pulmones y su actitud ante la vida, ambos resistentes y flexibles. Pero temo que este distanciamiento se convierta para ella y el resto de los niños y jóvenes en una costumbre. Sin abrazos y compartir cara a cara, sin tocarse, sin besarse. Se están perdiendo lo más rico de ser humanos.

Veo apenas la mitad de su espalda, a través de la puerta de su cuarto, y me descubre antes que pueda alejarme. “Te quiero mucho”, le digo. “I love you too”, me contesta en inglés con una sonrisa gigante. Y los dos, con el corazón apretujado, nos aguantamos el abrazo.

 

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